Gracias a una conversacion casual con Yessica… recordé los bonitos años de cuando la empresa donde trabajó mi papá: Mantex, organizó campamentos vacacionales para los hijos de los trabajadores. No puedo recordar con exactitud de fechas… creo que fueron tres años seguidos y creo que yo hice uno más que Lili (el de aquel celebre viaje a Chichiriviche donde por primera vez dormí en cama portátil y tienda de campaña). He pensado mucho en estos dias acerca de “primeras veces”. Hoy pienso en la primera vez que flote en el agua… nunca fui “niño rico” de los que metían a clases de todo: Karate (aunque hice Karate), música (aunque tomé 4 o 5 clases de cuatro), arte (aunque hice cursos de pintura), ballet (gracias a Dios jamás me inscribieron en ballet…). Nunca tome clases de natacion. Aprendí a flotar en la piscina de Mantex, yo solito! Habían dos piscinas una “olímpica” y otra “para niños”. Crecí en la de niños: redonda y llana, cerca a los baños y cambiadores y cerca de la cocina donde mi papá nos compraba empanadas de “guiso”. Pero siempre veía la olímpica como la bestia de 7 cabezas que había que vencer. Esta piscina tenía en cada esquina de su lado menos profundo, unos escalones para entrar “poco a poco” y también como una especie de hendidura a lo largo de todo el perimetro de ella que supongo mandaba el agua a los filtros que mantenían la piscina limpia y retenía las hojas que caían de los árboles alrededor. Mis primeras victorias consistieron en escaparme del ojo vigilante de mi mamá y “sentarme en el primer escalón”. Era el dueño del mundo… el mundo entero me podía ver, era un gordito sentado en el primer escalón de la piscina con el agua apenas llegandome a los muslos aún estando sentado… pero para mí, técnicamente me estaba bañando en la piscina olímpica! El reinado se me acababa cuando mi mama se daba cuenta y decía “Juanca… para la otra piscina”.

Pero mi vida después de ese momento, ya había cambiado para siempre… era de los niños “que se bañaban en la piscina olímpica”. Mi gran hazaña sucedería poco tiempo más tarde (no ibamos tan a menudo al club… eso si se lo reprocho a mis papas porque donde esa piscina existía hoy hay un estacionamiento gigante que sirve al Centro Comercial Metropolis”). Esa mañana me había dicho que ya estaba bueno de “bañarme en la orilla”… era tiempo de conquistar, de “remar mar adentro”. Como era costumbre me salí de la piscina chiquita (tan llana que ni escaleritas para salirse tenía) con mi short anaranjado escurriendo agua y sosteniendomelo con las manos, cortesia de una liga medio-vencida y me senté como de costumbre en mi “trono” -bueno tecnicamente, mi escalón-. Desde allí, contemplé como Mufasa mis dominios y pensé que todo lo que tocaba el agua era mi reino… asi que ya era hora de “explorarlo”. Baje el segundo escalón, y con el agua a la cintura me invadio un frio que todavia recuerdo (no era de miedo, el agua estaba congelada!) Pero nada me iba a detener… el tercer escalón era mas alto que los dos que yo conocía y cuando mi pie no toco suelo me agarre muy fuerte de la hendidura del perimetro. Ahora aunque mis pies no tocaban el fondo, mis manos me sostenían y dije: “bueno y si paso de estos escalones a los de la otra punta?” Me aventuré mientras en mi cabeza como si fuera el soundtrack de una película se escuchaba “I believe I can fly, I believe I can touch the skies”… cuando llegué a la otra orilla no hubo tiempo para celebración, mi comite de bienvenida me esperaba: “Juanca… para la otra piscina” -Dijo mi mamá.

No sé, estaría en 2do grado tendría como 7 años… y ya el tema de saber nadar era un asunto de status! Si no sabías nadar pues, era como ciudadano de segunda y yo que siempre he tratado de encajar en toda conversacion o circunstancia sabía que tenía que hacer algo para ser miembro de esa “elite”. Analizaba gente moviendo manos y pies de manera sincronizada y cuando lo trataba de hacer en mi piscina chiquita me hundía… no entendía como hacían para mantenerse a flote y avanzar a la misma vez. Me daba cuenta que no había forma de descubrir o aprender a flotar en mi tibia (ya se imaginarán por que estaba siempre tibia en comparacion a la olímpica) y llana piscina de niños… este asunto tenía que figurarlo en los predios de mi nuevo reino. Así que observaba a otras niñas y niños mas grandes que yo, flotando y dije: esto debe aprenderse antes de nadar. Así que me bajé mis dos escalones y con una mano haciendo de ancla a la hendidura de la piscina intente flotar. Fueron muuuchos intentos precedidos de interminables “Juanca… para lo otra piscina” hasta que floté -siempre a la orilla de la piscina-, con mi mano siempre anclada al riel del perimetro. Esa fue mi primera vez… esto fue un par de años antes de los planes vacacionales. Cuando esa epoca llegó, ya era de los “niños superdotados” que podían nadar y bañarse solos en la piscina olimpica.

NÓTESE MI CARA DE AUTOSUFICIENCIA AL BORDE DE LA PISCINA EN UNO DE LOS PLANES VACACIONALES… OBVIAMENTE, ERA DE LOS QUE YA SABÍAN NADAR… (observe el detalle del riel en el que me anclaba para cruzar)

He recordado escribiendo esto, la importancia de las primeras veces. Reconocer que la vida cambia cuando te sientes incapaz de hacer algo y luego de intentarlo, te sale. Pienso inevitablemente en la primera vez que quise tener conscientemente relación con Dios. Fue en el Colegio Don Bosco, en el retiro de preparación para nuestra primera comunión… en ese tiempo no era yo capaz de ganar un concurso de popularidad pero nos pidieron que quienes quisieramos ser lideres abriéramos un grupo para que fuera nuestro equipo durante todo el retiro… pensé que nadie querría formar parte del grupo que yo abrí y para mi sorpresa fuimos 8 en total… no recuerdo todos sus nombres pero no puedo olvidar ni a Chahim ni a Romanov (que Dios los bendiga donde quiera que esten hoy). El grupo se llamo “Maria Auxiliadora de los Cristianos” -nada creativo siendo salesiano, jajaja- y ahí supe por primera vez que Dios si se interesaba por mí… no por mi grupo de catequesis, no por mi catequista Maria Eugenia, sino por mi. Aconteció esto los primeros dias de diciembre de 1988. Tenia ya casi 11 años. Poco menos de 30 años después recuerdo ese primer momento… y muchos primeros momentos en mi vida espiritual. La primera vez que fui invitado a servir en un evento (Aniversario de la Virgen del Socorro en la Monumental de Valencia), o la primera vez que P. Roberto me pidió que compartiera mi testimonio (Donde decidí convertir a Tito en apostol). Cada cosa implico miedo… cada acción supuso riesgo a fracasar. En todas, quise optar por la comodidad de no hacerlo y esperar que otro más hiciera lo que me tocaba sólo a mi. Gracias Jesús, por tenerme paciencia… aún hay cosas que se que tengo que hacer. Dame oportunidad y tenme paciencia mientras me ves sentado en mi primer escalon analizando como voy a hacer para lograrlo.

Por encima de todo, te doy las gracias de antemano porque sólo una cosa no escucharé de ti al final de mis primeros intentos… “Juanca… a la piscina chiquita”

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