Un siervo dispuesto

Nunca me había detenido a pensar en lo mucho que me apasionan las historias medievales.    Bueno corrijo no las “historias medievales” sino la “historia medieval”.  Me doy cuenta que la EDAD DE LOS REYES tiene para mí una especial predilección (debí haberlo percibido cuando de joven “AGE OF EMPIRES II: The Age of Kings”, se convirtió en mi juego favorito de todos los tiempos).  No lo vi venir cuando estudie Teología y discutíamos sobre ENRIQUE VIII o el Luteranismo pero siempre estuvo ahí esa inexplicable atracción por soñar: como hubiera sido vivir en esos tiempos?.  Dormir dentro de un castillo, mirar una justa, comer con la mano o tener que hacerle una reverencia al rey.

Más tarde, la TV se encargaría de confirmar mis sospechas.  THE TUDORS y REIGN (mas todas las series similares) en donde existe un argumento esencialmente histórico –sin discutir las licencias cinematográficas que los creadores se toman la libertad de incluir para hacer la historia más atrayente- me ponen a volar la imaginación.  Ser un noble, ser un rey… yo la verdad me he imaginado como un siervo.  Lo más cercano a una monarquía que he estado, ha sido visitar el palacio real de Aranjuez en España junto a Yessica, P. Roberto y nuestro hermano Juan José.  No tengo idea de cómo debe uno comportarse delante de un rey y por mucho que lo supiera creo humildemente que la concepción de monarquía de hoy en día, dista bastante del tiempo de los reyes del Medioevo.  En aquel tiempo ser súbditos significaba someterse a la voluntad de una persona que no debía dar cuenta de sus acciones más que a Dios.  Podía hacer lo que le viniera en gracia y todos a su alrededor estaban en la obligación de sonreír y obedecer independientemente de sus opiniones o deseos.  Cuando mi imaginación vuela me veo como un herrador de caballos al servicio de un rey.  Simplemente eso.

Nosotros vivimos en tiempos de democracias (con todas las imperfecciones de su sistema, ya lo se) por eso, las monarquías, especialmente para los que vivimos en el hemisferio occidental, se nos hacen tan complicadas de entender.  Monarquías constitucionales, parlamentarias o monarquías absolutas. Sobre esto leí bastante mientras preparaba esta entrada y me pareció fascinante.  No me extenderé sobre esos conceptos porque no vienen al caso de lo que quiero decir.  Nos es bastante sencillo acostumbrarnos a la idea de un jefe de gobierno, o un presidente elegido por el pueblo.  Tiene un periodo de tiempo para ejercer su función y luego cambiar por otro.  Con los reyes no pasa igual.  Los reyes gobiernan, bien o mal pero seguirán siendo reyes hasta que mueran (y al morir pasan el mando a su heredero).  La clave de un presidente es gobernar para el pueblo… ser popular… hacer lo que a la gente le gusta… darle a la gente lo que la gente quiere.  Por eso son tan importantes los niveles de aceptación en una gestión presidencial.  Lo haces bien, te reeligen para otro periodo.

Con los reyes la cosa es diferente (o debo decir “era” diferente).  Los reyes gobernaban para el bien de su reino (como consecuencia de sus decisiones si eran acertadas, sus súbditos se beneficiaban pero por matemática simple, si no lo hacían bien a la gente no le iba bien), sus decisiones podían ser consultadas con los consejeros pero al final del día, se hacia lo que el rey quisiera.

Como individuos del mundo estamos sujetos a sistemas democráticos (repito al menos en la mayoría de nuestras experiencias), aprobamos lo que hace un presidente, exigimos que haga algo y si a esa petición se suman las de muchos más, el presidente debe escuchar la voz del pueblo y procurar conceder lo que sus necesidades exigen.

Como cristianos tenemos la errada percepción de que Dios es un presidente.  Un presidente mundial, un presidente universal mejor dicho.  Presentamos nuestro pliego de “exigencias” a través de la oración y esperamos “por el bien de su popularidad” que nos conteste mas temprano que tarde.  Muchos de nosotros hemos tenido que aprender a veces a las malas que Dios es un Rey.  perdon, es inapropiado llamarlo “un”, Dios es EL REY.  No necesita escuchar consejeros y no tiene miedo de tomar decisiones.  Sus designios no pueden ser catalogados como populares o impopulares sino solamente “justos”.  A ninguna de sus decisiones las tiene que someter a evaluación del pueblo.  El, sencillamente, gobierna.  Y a nosotros nos vendría bien recordar de tanto en tanto que aunque no entendamos lo que sucede en nuestra vida, existe un Rey que marca el designio de nuestro mañana… aunque nos parezca inexplicable lo que permite en nuestra vida, recordar que ninguna de sus decisiones en todos los millones de años de la humanidad han sido equivocadas sino por el contrario en el tiempo indicado hemos aprendido que obraba nuestro Rey para bien de nuestra vida. Le debemos obediencia.

Al finalizar el año 2014, reflexiono sobre esto desde hace varias semanas.  Me debato entre dos ideas que debo confesar no son mías.  Hay mucha referencia de esto entre los padres de la iglesia y entre maestros del protestantismo que coinciden en la misma idea.  Para nosotros como “siervos de Dios” no es “tan” difícil obedecer.  La obediencia viene de conocer los límites de lo permitido y no permitido.  De lo bueno y lo malo, de lo correcto y lo incorrecto y movernos o tomar decisiones en uno u otro lado.  Pero se trata en buena medida de nuestro intelecto al servicio de lo que sabemos nos conviene hacer.  Obedecer a Dios no es fácil… pero por experiencia personal puedo decir que es un “juego de niños” comparado con “Confiar” en El.

El acto de la confianza es entrar en el terreno de lo desconocido.  El intelecto es absolutamente irrelevante.  Confiar es caminar con una bandeja de copas de cristal de Bohemia en una habitación sin luz con detergente lavaplatos regado por el suelo.  Confiar es para nobles y siervos en el Reino.  No hay distinción de linaje o condición social.  El Rey dice que camines por el valle de la sombra de la muerte… camina.  El Rey dice que esperes ante lo desconocido… esperas.  El Rey dice que recojas la tienda y emprendas el camino que no conoces… recoge y emprende.

Reconozco que en este año me esforcé mucho por obedecer (con mis desaciertos y mis pecados, inevitable) pero en el 2015 oro por confiar más.  Erradicar la idea de mi cabeza de que Dios es presidente de mi vida y que temblara si le manifiesto inconformidad por cualquier decisión “impopular” que tome sobre mí.  ¿Quién no le tiene miedo a lo desconocido? Conocemos los parámetros, está grabado en nuestro corazón (me refiero a los cristianos) cual es la ley de Dios.  En 10 mandamientos resumió lo que espera de nosotros… pero en mi caso personal, siento que la obediencia como acto de amor ya no es suficiente (y no es que sea 100% obediente, solo mi Dios sabe cuánto camino me falta por recorrer para tratar de perfeccionar este arte).  Confiar me es más difícil pero lo quiero intentar.  Si siento envidia por el teléfono que tiene un amigo, ahí tengo el 10mo. Mandamiento: corrijo, obedezco y sigo adelante.  Pero si me encuentro en una situación difícil y Dios permanece callado… no tengo ninguna otra herramienta sino solo confiar.  Difícil… ufff ya me he encontrado en muchas situaciones similares y habla la experiencia.  Pero cuando aprenda a confiar en la Providencia Divina (como ha sido hasta hoy, porque el problema no es que no se haya manifestado sino que no le doy el crédito que se merece oportunamente), ya no habrá conflictos entre obedecer o confiar.

Al contrario, ya no estarán reñidos en mi cabeza y la confianza se convertirá en una expresión pura de obediencia al Rey.

Con mis propias fuerzas no puedo pero mi corazón está dispuesto.  Rey mío, he aquí a un siervo dispuesto.

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